Llegué al lugar pasada las veintitrés horas. Un hombre se acercó, me pidió que apagara el motor y le diera las llaves. Volteó,
sacó un instrumento metálico y avanzó con el hacia mi. En menos de un mes ya
eran dos veces que pasaba por lo mismo. Pregunté que como era posible tanto
daño. Me contestó que no tenía la culpa, sólo era su trabajo… Insistí en mis
quejas, pero ya estaba muy molesto. Saque mi billetera, y dije: - Llene el estanque, el próximo lunes suben otra vez.-
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